El Gigante se rindió a sus pies: Di María volvió a enamorar a Rosario

Rosario volvió a rendirse a sus pies. En el Gigante de Arroyito, Ángel Di María ofreció otra función de talento y corazón para conducir a Rosario Central a un triunfo clave por 2-0 frente a Barracas Central. Fue una noche especial: por el resultado, por el contexto y, sobre todo, por la conexión intacta entre el ídolo y su gente.
Deportes16 de febrero de 2026Lucia GonzalezLucia Gonzalez

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El equipo de Jorge Almirón encontró respuestas en el segundo tiempo después de una primera mitad cerrada y sin brillo. Y cuando Central necesitó claridad, apareció Fideo. Se movió con libertad, pidió siempre la pelota y cambió el ritmo del partido. Cada vez que aceleró, el estadio contuvo la respiración.

La apertura del marcador llegó tras una jugada que lo tuvo como protagonista: apareció por el segundo palo y sacó un derechazo que hizo temblar el travesaño. Del rebote nació el centro que Enzo Copetti transformó en el 1-0 de cabeza. Fue justicia para un Central que ya inclinaba la cancha.

Pero faltaba la joya de la noche. Con el partido abierto, Di María recibió, encaró y definió con una sutileza deliciosa ante la salida de Miño. La pelota viajó con destino de red y el Gigante explotó. Golazo. De los que se gritan y se aplauden al mismo tiempo.

Entonces llegó la escena que resumió todo. En lugar de correr hacia sus compañeros, Fideo se desvió unos metros y abrazó a Joaquín Viola, un alcanzapelotas de las inferiores canallas que festejaba como un hincha más. El chico, todavía incrédulo, después contaría que sintió “piel de gallina”. Ángel, campeón del mundo, eligió compartir su gol con un pibe del club. Un gesto que dice más que cualquier estadística.

Horas después de su cumpleaños, celebrado el Día de los Enamorados, el rosarino tuvo su declaración perfecta: goles, ovación y ese clásico corazón dibujado con las manos frente a las tribunas. Lleva tres tantos en el torneo y cada partido reafirma que su regreso no es nostalgia, sino vigencia.

Tras el encuentro, Di María no ocultó su felicidad. Habló del deseo de ganar en casa, de lo mucho que disfruta volver a vivir el fútbol argentino y del cariño que recibe en cada estadio. Se lo nota pleno. Con la sonrisa fácil y la emoción a flor de piel.

Central sumó tres puntos importantes y trepó posiciones en la tabla, pero la noche dejó algo más profundo: la certeza de que Di María no solo volvió para jugar. Volvió para sentir, para conectar y para regalarle a Rosario capítulos nuevos de una historia que parece no tener final.
 
 

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