Hubo una época en la que el tenis parecía tener dueños eternos. Roger Federer, Rafael Nadal y Novak Djokovic no solamente ganaban, también aplastaban generaciones enteras. El Big Three convirtió al circuito en un territorio imposible, una era donde levantar un Grand Slam parecía reservado únicamente para tres apellidos. Y en medio de esos monstruos apareció Stan Wawrinka, un jugador distinto, imperfecto y explosivo, que terminó convirtiéndose en una de las historias más emocionantes del tenis moderno.

Stan nunca tuvo la elegancia natural de Federer, ni la intensidad física de Nadal, ni la mentalidad de hierro de Djokovic. Pero tenía algo que muy pocos lograron encontrar en aquella época. La capacidad de jugar el tenis más agresivo y perfecto del planeta cuando el escenario era más grande y el rival más difícil. Por eso la gente conectó tanto con él. Porque mientras muchos apenas podían competir contra el Big Three, Wawrinka se animó a desafiarlo.
Y no les ganó en cualquier lugar. Les ganó donde más dolía. En las finales de Grand Slam, bajo la presión más grande del deporte. Venció a Rafael Nadal para conquistar el Australian Open 2014. Derrotó a Novak Djokovic en Roland Garros 2015 jugando uno de los mejores partidos sobre polvo de ladrillo que se recuerden. Y volvió a superar a Djokovic en la final del US Open 2016. Tres títulos inolvidables en plena era del dominio absoluto, cuando parecía imposible que alguien más pudiera levantar los trofeos importantes.

Quizás ahí esté la grandeza de Stan Wawrinka. Nunca necesitó dominar durante quince años para dejar una marca eterna. Le alcanzaron algunos momentos de perfección absoluta para quedarse para siempre en la memoria de los fanáticos. Cuando entraba en modo “Stanimal”, el tenis cambiaba por completo. Ese revés a una mano, considerado por muchos como uno de los más lindos de la historia del tenis, dejaba de ser solamente un golpe técnico y se transformaba en algo salvaje, imposible de frenar. Las líneas parecían más grandes para él y hasta los mejores jugadores de la historia se volvían vulnerables.
Pero Stan fue mucho más que títulos y estadísticas. Representó la esperanza de que todavía había lugar para las historias improbables. Mientras el mundo discutía quién era el mejor de todos los tiempos entre Federer, Nadal y Djokovic, Wawrinka apareció para demostrar que el tenis también podía pertenecerle a alguien dispuesto a jugar sin miedo. Tal vez por eso la gente lo quiere tanto. Porque nunca transmitió perfección. Stan transmitía lucha, resiliencia y emoción. Era el jugador capaz de pasar meses lejos de su nivel y aun así volver para regalar una actuación inolvidable.

Por eso hoy duele verlo entrar a Roland Garros con una wild card y despedirse lentamente de la élite. Porque no se está yendo solamente un gran tenista. Se está yendo uno de los últimos rebeldes de la era más difícil de la historia del deporte. Uno de los pocos hombres que miró a los ojos al Big Three y logró derrotarlo cuando parecía imposible. Y aunque el ranking ya no lo acompañe, aunque el físico ya no responda igual y aunque las victorias sean cada vez menos, cada vez que Stan pisa una cancha el público sigue emocionándose. Porque algunos jugadores quedan en la historia por los números. Otros quedan por lo que hicieron sentir.
Stan The Man. Para siempre.
