
EL ÁNGEL DE CENTRAL: A LOS 38, DI MARÍA SIGUE HACIENDO MILAGROS
Lucia Gonzalez
Anoche, en Córdoba, Rosario Central perdía 2-0 frente a Talleres y parecía tener todo en contra. El partido se escapaba, la bronca por la eliminación ante Corinthians todavía estaba fresca y el equipo necesitaba una reacción. Y entonces apareció él. Primero desde el punto penal. Después con una definición exquisita tras un centro de Ibarra. Dos goles para levantar a Central de la lona, rescatar un empate y demostrar, una vez más, que hay jugadores que no necesitan demasiado para cambiar la historia de un partido.
Pero decir que Di María marcó dos goles sería quedarse demasiado corto. Fue la figura del partido. Fue el futbolista que pidió la pelota, que intentó, que corrió, que empujó y que se negó a aceptar que Central debía volver de Córdoba con una derrota. A los 38 años, y según sus propias palabras, jugando incluso con dolor, Fideo volvió a jugar como ese pibe que alguna vez soñó con llegar a lo más alto.
Y ahí está quizás lo más emocionante. Porque Di María ya ganó todo. Fue campeón del mundo, campeón de América, ganó títulos en Europa y construyó una carrera que pocos argentinos pueden igualar. No tiene nada más que demostrarle al fútbol. Pero todavía tiene algo que demostrarle a Central, que mientras tenga fuerzas, va a intentar darle una alegría al club que ama.
“Intento que no se note que tengo 38 años”, dijo después del partido. Y quizás esa frase sea la mejor fotografía de su presente. Porque no se nota. O al menos no cuando el partido lo necesita. No se nota cuando recibe, encara y define. No se nota cuando Central está contra las cuerdas y él aparece dos veces para devolverle la vida.

Central tiene cosas para corregir. Los errores defensivos y la falta de contundencia volvieron a quedar expuestos. El equipo dejó escapar una victoria que, por lo hecho en el segundo tiempo, mereció conseguir. Pero hay algo que nadie puede discutir después de Córdoba, Central tiene a Ángel Di María.
Y quizás por eso se llama Ángel. Porque cuando todo parece perdido, aparece. Porque cuando el equipo necesita una mano, la pone él. Porque a los 38 años todavía puede regalar noches como la de ayer. Porque puede estar lastimado, cansado o atravesando el tramo final de una carrera extraordinaria, pero cuando se pone la camiseta de Central sigue siendo ese pibe que juega con el corazón.
Dos goles. Un empate. Una actuación enorme. Y una sensación que queda flotando después de la noche cordobesa, mientras esté Ángel, Central siempre puede creer.


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